PREMIOS PRIMAVERA 2022

El jefe de las Naciones Unidas acababa de presentar el panorama de un mundo en el que todo está muy mal: aumenta la desigualdad, hay guerra en Europa, fragmentación en todas partes, una pandemia persistente y la tecnología que desgarra las cosas tanto como las une.

“El mundo vive momentos sumamente difíciles. Las divisiones se están haciendo más profundas. Las desigualdades se están haciendo mayores. Los retos se están extendiendo”, dijo el secretario general Antonio Guterres el martes por la mañana al inaugurar el debate en la 77ma Asamblea General. Y sus verdades eran irrefutables.

Pero menos de una hora después, dos delegados a la ONU —asiático uno, africano el otro— sonreían en el soleado vestíbulo del Edificio de las Secretarías, encantados de encontrarse allí en esa mañana, tomándose fotos y riendo al disfrutar el momento.

La esperanza es algo difícil de hallar últimamente. Sobre todo para la gente que recorre los pasillos de las Naciones Unidas, donde llevar el peso del mundo sobre los hombros es parte de la tarea cotidiana. Después de todo, esta es una institución que el presidente de Ucrania, que aún no estaba en guerra, describió como “un superhéroe jubilado que ha olvidado lo grande que era”.

Y cuando los gobernantes del mundo tratan de resolver los problemas más difíciles de la humanidad —o, francamente, impedir su solución— es fácil a la distancia perder de vista a la esperanza en medio de la niebla de adjetivos negativos.

Sin embargo, bajo las capas de la tiniebla existencial —y no cabe duda de que este es un grupo de gente agotada por la pandemia que representa un mundo muy malhumorado debido a tantos retos inquietantes— asomaban algunas señales de esperanza como las briznas de hierba en las grietas del pavimento.

“Para todos y cada uno de nosotros, la ONU es una plataforma singular para el diálogo y la cooperación”, dijo el presidente suizo Ignazio Cassis. El presidente filipino Ferdinand Marcos Jr. declaró que su país es una nación “optimista” donde las “soluciones están a nuestro alcance colectivo”.

David Kabua, presidente de las Islas Marshall asediadas por el mar —un hombre que tiene escasos motivos para mostrarse optimista— habló de “esta sala emblemática, símbolo de la esperanza de la humanidad y su aspiración de paz mundial, prosperidad y cooperación internacional”.

“A medida que la humanidad brega para defender la libertad y construir una paz perdurable, el papel de la ONU es indispensable”, dijo el presidente surcoreano, Yoon Suk Yeol.

Hubo muchos momentos similares el martes. Tomados en conjunto son algo notable: parece reinar una sensación colectiva —expresada por un mandatario tras otro, a veces de manera oblicua— que aún cuando decepciona o flaquea, la ONU debe ser un lugar de esperanza en medio del frío pragmatismo.

¿A qué se debe? En parte a que la ONU, desde sus inicios, está comprometida de manera inquebrantable con el principio del multilateralismo, una palabra larga que significa simplemente tratarnos bien. Y tratarnos bien o siquiera intentarlo cuando la enemistad heredada viene de lejos, es cruenta o aparentemente insuperable, requiere esperanza.

Siempre ha sido así. Pero este año hay algo más, algo singular, propio del momento. En los primeros, aterradores, días de la pandemia en 2020, la Asamblea General de la ONU fue virtual, los gobernantes se quedaron en casa e hicieron videos. El año pasado, a pesar del lema “Reconstruir juntos para la paz y la prosperidad”, la asistencia de gobernante fue tan escasa como la sensación de un mundo que se congregaba.

Ahora, aunque persiste la pandemia, el campus de la ONU vibra con gente que proviene de todos los orígenes y tradiciones, que interactúa y habla y hace lo que constituye la esencia de las Naciones Unidas: tomar a las naciones y convertirlas en gente, como decía el difunto senador estadounidense William Fulbright.

Aún cuando no están en sesión, cumplen con el mandato de esta institución: descubrir poco a poco cuál debe ser aspecto del mundo.

“Es el único lugar entre las organizaciones internacionales donde se busca definir lo que se comparte colectivamente”, dijo Katie Laatikainen, profesora de ciencias políticas y relaciones internacionales de la Universidad Adelphi de Garden City, Nueva York, que estudia a la ONU.

“Se abocan a descubrir qué significa ser parte de la comunidad internacional”, dijo. “Han aprendido el idioma de apelar al ‘nosotros’ y alentar a los demás a definir el ‘nosotros’ y comprometerse con el ‘nosotros’”.

Guterres buscó infundir ese sentimiento en su discurso inicial saturado de catástrofe. Habló de una nave llamada Brave Commander, cargada de trigo ucraniano que, con ayuda de Ucrania y Rusia, naciones en guerra, navegó hacia el Cuerno de África para ayudar a prevenir una hambruna.

Navegó bajo la bandera de la ONU y los buques que lo siguieron no solo llevaban granos, “cada barco también va cargado de uno de los productos más raros en la actualidad: va cargado de esperanza”.

De modo que no: la esperanza no está ausente de la ONU esta semana. Está contenida, asordinada, es tentativa. Pero ahí está, aunque algunos la consideren una idea ingenua. “Nuestra oportunidad es aquí y ahora”, dijo el presidente de la Asamblea General, el húngaro Csaba Korösi.

El mundo no es un lugar fácil. ¿Lo fue alguna vez? El segundo secretario general de las Naciones Unidas, Dag Hammarskjöld, lo expresó mejor que nadie: “Naciones Unidas no fue creada para llevarnos al cielo”, dijo, “sino para salvarnos del infierno”.

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